Sierra Morena Sevillana es especialmente naturaleza, dehesas, ganadería y olivares serranos, y habitada por bellos pueblos, tranquilos serranos, pero también tiene un pasado reciente, industrial y minero, siendo Villanueva el Rio Minas el principal exponente de la provincia de un pueblo creado y crecido alrededor de una mina.
Hoy proponemos desde Caminos Vivos un recorrido que comenzaremos en Villanueva del Río
y Minas, un pueblo que no se entiende sin su pasado minero. Sus calles parecen
trazadas a golpe de necesidad más que de diseño, con una disposición urbana
algo caótica que, lejos de restarle encanto, le da un carácter único, auténtico
y casi brutal.

Aquí, las antiguas infraestructuras
mineras conviven con edificios de una belleza inesperada. El teatro-cine San
Fernando, el barrio de las Casas Nuevas o los casones levantados en la década
de 1920 cuentan historias de otra época, cuando la mina marcaba el ritmo de la
vida y estos edificios eran hogar de cargos y directivos cualificados.

La iglesia, de 1927, destaca por su
portada mudéjar, que aparece de pronto en una de las avenidas que desde la zona minera buscan el río, como una
puerta abierta entre tradición, naturaleza y progreso.

En la parte baja del pueblo, la ribera
del Huéznar desciende tranquila, como si llevara siglos escuchando historias de
mineros y trenes. El puente de la vía férrea, conocido como “Quitapesares”,
hace honor a su nombre: cruzarlo es dejar atrás prisas y ruidos para entrar en
un paisaje donde el tiempo se vuelve más lento.

Saldremos de Villanueva del Rio Minas en
dirección a Constantina. Es una carretera ascendente, de buen firme y casi sin
tráfico, entre explotaciones de ganado bravo, vacas retintas y olivares con
aprovechamiento mixto ganadero, en su mayoría ovino. Es de esos tramos en los
que la carretera acompaña al paisaje, y pedalear se convierte en una forma de
contemplar.

Abandonamos esta carretera solitaria unos
20 kilómetros después para tomar otra de mayor entidad, con más tráfico, que
une Lora del Río con Constantina y está señalizada como vía ciclista. Por delante
8 kilómetros en los que conviene extremar la precaución e ir en fila si rodamos
en grupo.

Constantina nos recibe con sus fuentes,
su castillo y una amplia oferta de restauración y alojamiento. Rivaliza con
Cazalla de la Sierra como gran puerta de entrada a la Sierra Morena Sevillana,
junto con Almadén de la Plata, El Pedroso y Puebla de los Infantes. El castillo
que corona la villa puede visitarse y regala amplias vistas del entorno, un
mirador perfecto para contemplar el terreno recorrido y empezar a imaginar los
siguientes kilómetros de camino vivo.

Dejamos atrás Constantina y tomamos la
carretera que se dirige a Puebla de los Infantes. Los primeros kilómetros se
dejan caer en un descenso amable, lleno de curvas y cambios de rasante que
invitan a jugar enlazando trazadas mientras el paisaje se abre y se cierra como
un telón vivo. Es un tramo en el que apetece dejarse llevar, pero también
levantar la vista y disfrutar de la sensación de estar entrando poco a poco en
otra sierra, en otro ritmo.

Tras una de esas curvas, casi sin
avisar, entre eucaliptos aparece, al fondo, el embalse de José Torán. La lámina
de agua brilla entre los troncos altos y rectos, y durante unos metros la
carretera parece avanzar directamente hacia el pantano, como si quisiera
sumergirse en él.
Poco antes de llegar al agua, a mano
derecha, queda el bonito camping de Puebla, perfectamente integrado en el
entorno.

Su acceso directo a una pequeña playa
del pantano lo convierte en un lugar ideal para detenerse, respirar hondo y, si
el día acompaña, darse un baño o simplemente mojarse los pies. Las
instalaciones son sencillas y atractivas, pensadas más para disfrutar del entorno
que para distraerse de él: una pequeña tienda con lo justo, una zona de terraza
donde alargar la conversación y unos baños de estética minimalista, tan
curiosos como funcionales. Es el tipo de sitio que encaja con la filosofía de
quienes buscan caminos vivos: lugares donde la comodidad no está reñida con la
autenticidad.

Una vez llegamos a la lámina de agua,
la ruta nos ofrece una pequeña bifurcación vital: tomar la desviación hacia
Lora del Río o prolongar unos kilómetros más para visitar Puebla de los
Infantes. Ambas opciones merecen la pena, pero en esta ocasión elegimos seguir
el curso del viaje hacia Lora del Río, dejando la visita a Puebla para otro día.

Camino de Lora, según la época del año
y el capricho de las lluvias, podemos detenernos a recargar agua en la Fuente
Romana del Cañuelo. Es una construcción pequeña y discreta, casi escondida a la
vera de la carretera, de esas que pasan desapercibidas si uno va con prisa.
Acercarse a ella, dejar que el agua corra entre las manos y mirar alrededor es
una forma sencilla de recordar que también se viaja en los detalles.

Una vez abastecidos, abandonamos la
carretera para tomar un camino asfaltado que se abre a nuestra izquierda. La
traza comienza a ganar altura por la ladera del Cerro del Águila, y el cambio
se nota enseguida en las piernas y en la vista. La pendiente nos invita a bajar
un punto el ritmo mientras el paisaje se expande un poco más ante nosotros.

A poco más de tres kilómetros de
ascensión, el mirador de las Palomas nos invita a detenernos y hacer una
pequeña parada. Frente a nosotros se abre el embalse, enmarcado por las
primeras estribaciones de Sierra Morena, y, más allá, se adivinan los cerros de
Constantina e incluso la Capitana, en Guadalcanal

Retomaremos la marcha hasta alcanzar el
paraje de Las Arbequillas, donde la carretera cambia de carácter y empieza a
inclinarse hacia abajo. De pronto, el valle del Guadalquivir se extiende ante
nosotros, el río serpenteando entre los verdes de la vega como una línea de luz
que guía la mirada. La sensación es la de estar asomándose a un mapa vivo, presente,
y curiosamente, nos invita a formar parte de él.

El descenso hasta la Vega exige
atención: aunque el tráfico es prácticamente inexistente, algunas curvas
cerradas pondrán a prueba nuestra trazada. Es un tramo para disfrutar, pero
también para mantener los sentidos despiertos, jugando con la velocidad sin
perder el control. A los pocos kilómetros aparece un desvío a la izquierda que
nos conduce al poblado de colonización de Setefilla, muy cerca de la ermita de
la Virgen de Setefilla, patrona de Lora del Río, que custodia silenciosa el
paisaje desde su altura. Ambos lugares merecen, cada uno por su propia
historia, una visita y una reflexión.
Poco a poco la carretera empieza a llanear.
Una vez en Lora del Río, rodamos sin obstaculos junto al imponente
Guadalquivir, que nos acompaña como su presencia constante mientras avanzamos
entre campos de naranjos, olivos y otros cultivos de regadío. El paisaje cambia
de textura, pero no de intensidad: la sierra queda atrás, y ahora es la vega la
que marca el pulso del camino, con sus colores y su olor a tierra húmeda.

A unos kilómetros, la ruta deja a la
derecha el paraje de las ruinas de Arva. De origen prerromano, según atestiguan
la abundante cerámica y otros restos encontrados en la zona, el lugar fue
transformado posteriormente por los romanos realizando la construcción de unas monumentales termas,
de las que todavía se conservan varios restos de bóvedas. Aunque apenas queden
fragmentos en pie, es fácil imaginar el bullicio y la vida que un día tuvieron
estas construcciones, que hoy permanecen escondidas y olvidadas entre los
campos.
Nos separan unos doce kilómetros de
Villanueva del Río y Minas, y en ese tramo dejaremos a nuestra izquierda a
Alcolea del Río, último pueblo antes de cerrar el círculo de la ruta. Si
decidimos desviarnos unos metros, podremos, desde un pequeño mirador junto a la
parroquia de San Juan Bautista, contemplar el impresionante molino de la Aceña,
con sus tres módulos alineados sobre el cauce, que aprovechaba la fuerza de la
corriente del Guadalquivir para mover sus muelas.
El siguiente cruce nos devuelve a Villanueva del Río y Minas, regalándonos una última ascensión que sabe a despedida. Es el último esfuerzo, ese pequeño reto final que hace que todo el recorrido cobre más sentido. Una vez terminada la ruta, podremos refrescarnos en cualquiera de sus establecimientos, recuperar fuerzas y compartir sensaciones, con la sensación tranquila de haber dibujado con nuestra bicicleta un gran círculo por dehesas, pantanos, miradores y vegas, en las estribaciones de la Sierra Morena Sevillana.
13 de febrero de 2026